La verdadera historia del doctor Morán (extracto del guión)

Escena 6ª.  Exterior, día. Ceuta. 

Un oficial entra en una tienda del zoco, hay toda clase de cachivaches de cobre, alguna alfombra, y telas damasquinadas. Lleva uniforme de la Legión, 1921.

 OFICIAL: Buenas tardes, Shamir.

SHAMIR: Buenas y bienvenidas tardes, señoría, ¿que se le ofrece, mi capitán? ¿alguna seda para su hermosa dama?

OFICIAL(seco, arrogante): Shamir, encárgate de tus asuntos, no vuelvas a mencionar, nunca, a mi dama, y saca dos cajas de cartuchos del 9 largo.

 

SHAMIR: Su excelencia, discúlpeme, pero no tengo cartuchos, está prohibido, y yo regento un negocio, pobre, pero honesto, mi capitán.

 

OFICIAL: No me hagas perder la paciencia, Shamir, o llamo a la policía militar…

 

SHAMIR: Perdóneme, su excelencia, ahora que recuerdo, creo que tengo tres cajas de cartuchos, que, algún infeliz,-sonríe forzadamente– dejó olvidadas en la puerta de mi modesto negocio, de hecho iba a llamar a la Guardia Civil, para que se hicieran cargo de ellas…, pero, estando vuecencia aquí…¿A quién mejor para entregárselas?

 

OFICIAL: Bien, entonces ¿supongo que me vas a entregar los cartuchos oficialmente?

 

SHAMIR: Naturalmente, mi capitán, nada más feliz me hace que colaborar con la autoridad, sin embargo, hay ciertos gastos que me ha ocasionado el tener que guardar los cartuchos, ya sabe, su señoría, la mucha gente que pagaría buenos reales por hacerse con ellos…

 

OFICIAL: Dejémonos de circunloquios, Shamir, dime que quieres por los cartuchos, y no agotes mi paciencia.

 

SHAMIR: Mi capitán, si me lo permite, no quiero dinero a cambio de ellos…

 

OFICIAL: ¿Qué quieres entonces?

 

SHAMIR: Verá, mi capitán, mi sobrina Esther, como usted sabrá, es una niña de doce años, una criatura, señoría…

 

OFICIAL: Vamos, Shamir, conozco a tu sobrina, ¿cuál es el problema?

 

 

SHAMIR: Hay un sargento de Regulares que intenta llevársela a la fuerza, ha amenazado a su padre, y a mi mismo, con pegarnos un tiro si no le entregamos a la niña, mi capitán.

 

OFICIAL: Intentaré arreglarlo, ¿sabes cómo se llama el sargento?

 

SHAMIR: Si excelencia, se llama Ab-del-Khader, creo que está en el 2º Tabor.

 

OFICIAL: No me llames excelencia, Shamir, no lo soy, simplemente el capitán Morán. Está bien, hablaré con ese sargento y le diré que la chiquilla es mi ahijada, supongo que eso bastará.

 

SHAMIR: Muchas gracias, mi capitán, le estaré eternamente agradecido.

  

El capitán Morán recoge las cajas de cartuchos, abandona la tienda y se sube al coche oficial que le estaba esperando

 Cap. Morán:  Vámonos, Gómez, al casino militar.

 

Conductor: A sus órdenes mi capitán.

 

  

Escena 7ª, Interior, día. Casino Militar Ceuta.

 

El capitán Morán se dirige hacia el cabo de recepción.

  

Cap.Morán. Buenos días, López.

 

Cabo. – se cuadra-Buenos días mi capitán, a sus órdenes.

 

Cap.Morán: Descanso, López, ¿sabes si está aquí el comandante Álvarez, del 2º Tabor?

 

Cabo: Si mi capitán, acaba de entrar, en compañía del teniente Barbato, creo que han ido al salón de banderas, y, si me permite, mi capitán – el cabo adopta un aire de confidencia- el general Fuentes ha llegado también, hace escasos momentos, acompañado de su hija, creo que están en el club de tenis…

 

Cap.Morán-sonrie, irónico- Un día de estos te voy a meter un paquete del quince, López, tanto cotillear puede resultar perjudicial para tu salud…bien, gracias

 

Cabo, Siempre a sus órdenes, para lo que necesite, mi capitán.

 

Morán entra en uno de los salones, en una mesa un par de oficiales conversan, mientras fuman unos ostentosos puros habanos. Morán se dirige a ellos.

 

Cap.Morán: Buenos días, mi comandante, teniente…

 

Comandante. Buenos días, Evaristo, siéntate, ¿quieres un cigarro? Me los han traído de La Habana, directamente…por cierto…¿conoces al teniente Barbato? Es mi nuevo ayudante de campo.

 

Morán asiente con la cabeza, se sienta y toma uno de los puros que le ofrece el comandante.

 

Comandante. ¿Qué te trae por aquí, Evaristo? No sueles honrarnos con tus visitas…

 

Cap.Morán. Gracias, Paco, verás, tengo un asunto privado que discutir con uno de tus suboficiales, un sargento, Ab-del-Khader creo que se llama, y quería tener tu permiso para hablar con él.

Comandante, ¿ Ab-del-Khader? Uhmm, no sé que tendrás que hablar con ese sargento, pero, ya de entrada, te advierto que no es trigo limpio, lo tengo más que vigilado, y en cuanto le pille en alguna, le meto un consejo de guerra, Evaristo, si te ha hecho alguna jugarreta, no dudes en decírmelo, que yo me encargo de él.

 

Cap.Morán, No, Paco, de momento no me ha hecho nada…

 

La voz de un ordenanza, interrumpe, estruendosa.-¡Caballeros, atención, el general! Todos los presentes se levantan y se cuadran militarmente, el general se dirige a la mesa que ocupan Álvarez, Morán y el teniente.

 

General. Descansen, caballeros, sigan con sus tertulias, buenos días

 

Morán, Álvarez y el teniente Barbato, al unísono: ¡Buenos días, mi general, a sus órdenes!.

 

General: Me voy a sentar con vosotros, Paco; Evaristo, teniente…

 

Teniente: Barbato, mi general

 

General: Bien, Barbato, bienvenido a África, muchacho, está en buenas manos, estos dos caballeros son de lo mejor de nuestros oficiales. ¿Qué tal la familia, Paco?, a ti no te pregunto, Evaristo, ¿Cuándo nos darás la sorpresa de invitarnos a una boda?

 

Álvarez: muy bien mi general, Sonsoles está de nuevo embarazada, y nos gustaría mucho que usted fuera el padrino de la criatura, cuando nazca, si no le representa un inconveniente.

 

General: ¿Inconveniente, Paco? Será un honor para mí, ser el padrino del hijo de uno de mis más bravos oficiales, sin desmerecer al resto, y tú Evaristo, vete tomando nota, no creo que no haya ninguna dama en todo Ceuta que no merezca tu atención, la patria necesita no sólo a sus mejores hombres, sino también su semilla, los hijos, los que tomarán el relevo, Evaristo, cuando nosotros ya no podamos seguir.

 

 

(Al capitán Morán le cuesta disimular el desprecio que le causa el paternalismo barato del general).

 

Cap.Morán: Lo tendré presente, mi general, siempre a sus órdenes.

 

General: No es una orden , Evaristo, te hablo como si fuera tu padre, o un tío, te aprecio, eres uno de mis mejores oficiales, y nunca me cansaré de repetirlo, y, sí, no me repliques, ya sé que los jóvenes tenéis una visión distinta del mundo, pero, creéme, Evaristo, ese “defectillo”· lo cura la edad, en confianza, como estamos, no se me han escapado tus inclinaciones liberales, ni tú aire displicente, irreverente incluso, con tus superiores, más de una vez, y hablamos entre caballeros, el coronel Franquino ha elevado quejas, Evaristo, quejas que yo he ignorado, porqué yo conozco a mis hombres, y a pesar de ser tildado como un rebelde, capitán, creo saber de que madera está usted hecho, tan sólo te pido, como amigo que soy, que reconsideres tus actitudes, y me evites el deber de ordenártelo.

 

 

(El capitán Morán se levanta de la silla, cómo si le hubieran aplicado un corriente eléctrica y se cuadra, desafiante)

 

Cap. Morán: Mi general, con su permiso, como sin duda usted sabe, ingresé en la Academia de infantería a los doce años, a los diecisiete, recibí mi despacho de teniente, como el primero de mi promoción, y, desde entonces, estoy en África, sirviendo a mi bandera. Otros, llegados más tarde, pero bien apadrinados, ascendieron primero que yo, nunca hice de esto un motivo de reclamación,  ni me importó antes, ni ahora. Le agradezco su manifestación de amistad, sin embargo, mi general, igualmente le agradecería que, si tiene usted queja alguna sobre el servicio, le dé el curso reglamentario, pero, en lo sucesivo, se abstenga de aconsejarme sobre mi vida privada, o mi ideología.

 

Un silencio espeso se apoderó de la sala, el general contempla, incrédulo, al capitán Morán, firme, frente a él. Un brote de cólera, comenzó a abrirse camino en su interior, su frente enrojece, maldito arrogante, ¿quién cree este capitancillo que es, para hablarle de esa manera?. Empezó a levantarse, no sin cierta dificultad, mientras el dios de los truenos se aprestaba a salir por su garganta. En ese instante, la hija del general irrumpió en la estancia, saltarina, juguetona, atrayendo la atención de los presentes. Era una mujer hermosa, de largos cabellos negros, apenas sujetos por una diadema, enormes ojos verdes, refulgíendo como brillantes, sobre su tez morena, alta, de generoso busto, andar grácil, casi felino, y voz melodiosa.

 

-Papiiii, estoy muerta de hambre, dile a estos caballeros que nos acompañen, y pasemos al comedor.

El general vacila un instante, duda,  a este Morán le voy a meter un paquete que nunca olvidará,  pero ante la presencia de su hija, contiene sus impulsos. Es su única hija, su única familia desde la muerte de su esposa, y para nadie era un secreto que el fiero general, se convertía en un dócil cordero ante ella.

 

General: Bien, mi niña, perdona por haberte hecho esperar, vamos a comer. Caballeros, ya han oído a Susana, acompáñennos, por favor.

 

Morán también titubea, su indignación con el general se disipa ante la visión de Susana. Es otro secreto mal guardado, el interés mutuo entre el capitán Morán y la hija del general Fuentes. Este debe ser de los pocos que aún no lo conocen. Pero, si algo le sobra a Morán, es orgullo, en exceso, no abandona fácilmente una disputa. Se mantiene envarado, en posición de firmes, mientras comienza a balbucear una disculpa:

 

Cap.Morán: Mi general, señorita Fuentes, les ruego me excusen, pero he de marcharme…

 

Susana no le deja terminar. Toma al capitán por el brazo, y le conmina, con su sonrisa radiante.

 

Susana: Ah, de eso nada, capitán, su general le ha hecho una invitación, pero yo le doy una orden, usted no va a ninguna parte, que no sea al comedor, con nosotros, andando, caballeros.

 

El comedor está a rebosar, la mayoría de los jefes y oficiales de la guarnición están allí, pero, privilegios del mando, el general Fuentes tiene siempre una mesa reservada.

 

Apenas ha empezado la comida, cuándo un teniente, irrumpe en la estancia, angustiado y sudoroso, se dirige al general, al que, después de saludar, le entrega un cablegrama. El general comienza a leerlo, ante la mirada expectante de sus comensales, su gesto va tornándose más sombrío, conforme avanza la lectura, su rostro palidece. Al fin se levanta, y, en voz alta, ordena atención a los presentes.

 

General: Caballeros, han llegado graves noticias. Las tropas de Berenguer han sufrido una severa derrota, y están retirándose, en desbandada, de Annual. Melilla está en serio peligro. Todos los jefes, se reunirán conmigo, inmediatamente en la Comandancia. Los oficiales, acudan urgentemente a sus unidades, y preparen las tropas para partir. ¡Caballeros, España les necesita, ha llegado el momento!.

Se produce una desbandada, todos los presentes abandonan el salón, apresuradamente. Morán se levanta de un salto de su silla, mira a Susana, y hace ademán de salir. El general Fuentes le detiene.

 

General. Un momento, Morán.

 

Cap.Morán. A sús órdenes , mi general.

 

General. Su compañía está en alerta, ¿no es así?

 

Cap.Morán. Si, mi general, teníamos previsto salir mañana de maniobras. La primera compañía está lista para partir inmediatamente.

 

General. En el muelle hay un contratorpedero, el Intrépido, listo para zarpar, es demasiado pequeño para embarcar una compañía, pero quizás si pueda llevar un par de secciones, llegarían, en unas diez horas a  Melilla, ya sé que no es una fuerza suficiente, pero si elevará la moral de los defensores, que vean que no les vamos a dejar solos…¿que opina?

 

Cap.Morán. Mi general, tendré que contener a mis legionarios, los que no puedan embarcar, querrán ir a nado. Antes de tres horas, estaremos zarpando en el Intrépido.

 

General. A hierro y fuego, Morán, venguemos a nuestros camaradas y limpiemos el honor del ejército.

 

Cap.Morán. A hierro y fuego, mi general.

 

Morán sale apresuradamente, su conductor, con el coche oficial, le está esperando a la entrada del Casino.

 

Cap.Morán. Gómez, vamos a Dar Riffien, a toda velocidad, déjeme en la puerta del cuartel, y, con toda rapidez, dirijase al muelle, pregunte por el oficial al mando del Intrépido, y, personalmente, comuníquele que necesito hablar con él por teléfono, es urgente.

 

El coche parte hacía el acuartelamiento de la Legión. Al entrar, Morán ordena al oficial de guardia que llame a zafarrancho. Al toque de corneta,  el cuartel se convierte en un hormiguero febril, los suboficiales corren por todas partes gritando las órdenes, los mecánicos aprestan los vehículos, los armeros distribuyen los fusiles y las municiones, en pocos minutos, la primera compañía está formada en el patio de armas, listos para partir hacia un destino desconocido. 

Un ordenanza avisa al capitán Morán de que el alférez de corbeta Salazar, está al teléfono, este Gómez es de lo más competente, cuándo quiere, piensa, mientras coge el auricular.

 

Cap.Morán. Aquí el capitán Morán, dígame.

 

Alf.Salazar. A sús órdenes, mi capitán. Soy el alférez de corbeta Salazar, comandante del Intrépido. Ha llegado su ordenanza, y me ha comunicado que me pusiera en contacto con usted, inmediatamente.

 

Cap.Morán. Si, Salazar, tenemos órdenes de salir, de forma inmediata hacía Melilla, le supongo enterado de lo crítico de la situación…¿cuántos de mis legionarios pueden caber en su barco?

 

Alf.Salazar. Usando la cubierta, los camarotes, la sala de máquinas, los pañoles, y los demás huecos disponibles, con equipo de combate, unos cuarenta, mi capitán…

 

Cap.Morán. No es suficiente, Salazar, deje en tierra a todos los miembros de su tripulación que no sean absolutamente imprescindibles para la travesía, y confisque cualquier cosa que pueda mantenerse a flote, chalupas, barcas de pesca, lo que sea, las llevaremos a remolque, tenemos que trasladar al menos a ochenta hombres, pertrechos y municiones, tiene dos horas, alférez.

 

Alf.Salazar. Haré lo imposible mi capitán, a sus órdenes, estaremos listos para zarpar, en dos horas.

 

Morán escoge a sus hombres, en la Legión no cabe pedir voluntarios, porque todos lo son, y parten hacia el muelle de Ceuta. Suman ochenta legionarios, el capitán piensa que, de ser materialmente imposible embarcarlos a todos, siempre hay tiempo para dejar en tierra alguno, dos sargentos, un teniente, y el propio capitán Morán. Apretujados, repartidos entre dos chalupas, que ha confiscado el alférez Salazar, y a bordo del Intrépido, zarpan a las dieciocho horas, rumbo a Melilla. Han transcurrido tres horas, desde que llegó el mensajero al casino militar.

 

Con las primeras luces del día, se vislumbra, entre la bruma marina, la silueta de la ciudad, rodeada de columnas de humo, se escucha, remoto, el fragor de la batalla, los disparos, sincopados, de la artillería, estertores agónicos de un gigante herido de muerte. Apresada, entre una tierra hostil, y la mar, acorralada, acosada por una jauría sedienta de sangre, Melilla está a punto de sucumbir.

 

Desde la radio del Intrépido, se intenta, infructuosamente, contactar con la Comandancia. A las seis de la mañana, el buque enfila la bocana del puerto, los disparos se oyen, ahora, nítidos, se combate en los arrabales.

En el muelle, cientos de personas, mujeres, niños, ancianos, paisanos, soldados heridos, agitan sus manos, angustiados, al ver aparecer el barco, su única esperanza de salir del infierno.

 

El capitán, ordena al teniente Santamaría que, con un pelotón de escolta, se dirija a la comandancia, para recibir instrucciones, mientras el grueso de su escasa tropa, la bayoneta calada, y a paso ligero, se encamina hacía el combate, guiada por el sonido de los disparos. A su paso, la visión de aquellos pocos, bravos, osados, desafiantes, despierta la esperanza de los civiles, levanta la moral de los soldados derrotados, algunos de los cuales, los que pueden mantenerse en pie, retoman su fusil, e intentan seguirlos.

 

La 1ª compañía de la 1ª bandera de la Legión se abalanza sobre los blocaos exteriores de la ciudad, derrochando fiereza, arrojo, los legionarios irrumpen en la batalla, disparan, golpean, acuchillan, sin piedad, aullantes demonios vengadores, brutales, valientes, el enemigo, sorprendido, cuando ya creía tener la ciudad a su alcance, se estremece ante la fuerza salvaje que los acomete, flaquean, el terror comienza a extenderse entre sus filas, algunos intentan rendirse, abandonan sus fusiles y espingardas, levantan las manos, pero los legionarios no hacen prisioneros, otros comienzan a retroceder, finalmente, los que pueden, huyen despavoridos.

 

Los legionarios consolidan las posiciones reconquistadas, restableciendo el perímetro defensivo. Melilla, por el momento, ha sido salvada.

Microrrelatos de abogados

La china

Es opinión de esta defensa que los luctuosos sucesos ocurridos el día de autos, adolecen, señoría, de tipicidad. El argumento del fiscal, según el cual mi defendida, conocida como la China, incitó al difunto a realizar el acto sexual, desenfrenadamente, para, a sabiendas de su débil estado de salud, provocarle la muerte, carece de relevancia penal -en los bancos del público, ocupados por la escoria de la ciudad, se extiende un rumor de de risas y comentarios jocosos, un becario exclama ¡vamos, que le mató a polvos!, su señoría amenaza con desalojar la sala si prosigue el tumultosalvo el esperpento de considerar los evidentes encantos de la acusada, como arma homicida, por tanto, solicitamos la libre absolución. Su señoría pregunta al secretario si consta en la causa el teléfono de la acusada y declara el visto para sentencia. Ella abandona la sala, dejando una estela de suspiros .

 

Navegante de sueños

La junta de la trócola sufría una sutil, pero pertinaz, pérdida de refrigerante, lo que causó que, en un momento funesto, el vástago de la bomba ectoplásmica se gripara. No voy  a pormenorizar, por mor del orgullo propio, las reacciones que me produjo el súbito disparo de todos los sistemas de alarma. El vértigo que provoca encontrarse en una nave inerte, a la deriva, en algún punto de la ruta a Andrómeda, debe ser similar al de hallarse en mitad del desierto, sin brújula, en una noche oscura. Por no hablar del frío interestelar, kelviniano, que comienzo a sentir, no tardaré en convertirme en un carámbano, mal fin para cualquiera, pero especialmente cruel para un flamante abogado del cuerpo jurídico de la flota, con el esfuerzo que me costó aprobar la oposición… Despierto angustiado, el Halcón Milenario sigue colgando del techo, Chewbacca dormita sobre el manual de Civil, perro ilustrado…

 

Al este de Smara

Y me pregunto… ¿Qué hago yo, empapado de sudor, a lomos de este camello, mientras un sol inmisericorde, cae a plomo sobre mi cabeza? ¿qué invisible hilo me ha llevado de Don Facundio López, alférez, que fue, de la Legión, muerto al estrellar su vehículo en un socavón de la Castellana, al cartapacio de vetusto cuero negro, dónde se recogían sus últimas voluntades, y de este, a la ruta de camelleros que discurre entre Smara y Tombuctú, cruzando Sáhara y Sáhel?. Que el alférez me eligiera como albacea testamentario, siendo yo un desconocido abogado, recién colegiado, fue una gran sorpresa. No menor resultó el contenido de sus últimas voluntades, “Lego todos mis bienes a la familia de los Tawhilam, tuaregs, con domicilio cambiante en cualquiera de los oasis del camino a Tombuctú”.

No crecen rosas, al este de Smara. Sigo el camino que señalan las estrellas, busco a los Tawhilan.

Al extremo de la correa

Empecé a reflexionar sobre la conveniencia de escribir este diario, en las tórridas tardes del agosto manchego, en las que, salvo dormitar cobijado bajo una buena sombra, nada hay que hacer. Y no es que habitualmente tenga muchos quehaceres, ni en verano, ni en invierno, ni en otoño, así que siempre paso las tardes dormitando, con independencia de la estación, lo de las tórridas tardes de agosto es una disculpa banal, o sí se quiere, una licencia literaria que me permito. Ya habrá observado el avispado lector que omití mencionar la primavera. Y es que en primavera no dormito, ni por la tarde, ni por la noche, ni por la madrugá. Me paso la primavera con la sangre efervescente, soñando con perritas de cualquier raza y condición, y persiguiendo mariposas, pues existe la creencia, que yo aún no puedo ni confirmar, ni desmentir, de que si consigues darle con el hocico a una mariposa, sin dañarla, se convierte en una linda y complaciente yorkshire, con sus trencitas y lazitos, tan monos. Que placer debe ser irle quitando los lazitos uno a uno, sin prisas…

Olvidé presentarme, el arqueo de la ceja de mi estimado lector o lectora, me lo ha recordado. Me llamo Zar, nombre impuesto por el sujeto que llevo al extremo de la correa. Soy un perro mestizo, mi padre era un campeón de los mastines del Pirineo, aunque mi madre, de más humilde condición, no presumiera de linaje. Bien, reálmente a mi padre no lo conocí, y de mi madre tengo recuerdos muy vagos, una teta rebosante y cálida, y algunos lametones cariñosos, pero siempre añade interés presumir de alcurnia. De lo que no cabe duda es de que soy un mastín. Para confirmarlo, si alguien alberga alguna reticencia, basta con revisar las extensas facturas de alimentación que paga el tipo de la correa. Todo lo que no sea cerveza, es para mí. La cerveza la compartimos.

Hechas las presentaciones, y antes de entrar en el relato propiamente dicho, conviene aclarar otro extremo que, también el avispado lector o lectora, habrán observado. Seguramente se preguntarán ¿y que hace un perro mastín escribiendo un relato? Al respecto, tengo preparadas varias respuestas, para que el lector acoja aquella que más le convenga. La primera, para quién ni siquiera se había formulado la pregunta, es obvia. Los mastines escribimos mucho, lo que ocurre es que no tenemos facilidades para encontrar editor. Aquellos de mis numerosos lectores, que no admitan la anterior explicación, les confesaré que, como sin duda sospechan, yo no soy realmente un mastín, en el sentido biológico. Parezco un mastín, ando como un mastín, y hasta ladro como un mastín, pero no soy un mastín. Soy un explorador de la flota intergaláctica, en misión especial en la Tierra, buscando lagarterianos renegados. Tenemos información de la inteligencia militar, y esto confirma su existencia, tanto la de los lagarterianos, como la de la inteligencia militar, de que intentan infiltrarse en este planeta, modificar el clima, para adaptarlo a sus gustos, y, finalmente, colonizarlo. Mi misión consiste en descubrirles y eliminarlos. Para ello, el disfraz de mastín me pareció de lo más apropiado. No obstante, mi estimado lector, si aún está disconforme con las anteriores explicaciones, no cree ninguna de ellas, o las considera casi un insulto a su inteligencia, lo que no es mi intención, le daré otra que, seguramente, calmará su curiosidad intelectual. Como ya habrá deducido, el relato lo escribe el sujeto que llevo al extremo de la correa. Yo, simplemente, me limito a dictarle.

Io Decimus

 

El recuerdo de mi llegada a este mundo, aunque vívido, en términos generales, adolece, ya con el transcurso de los tiempos, de la precisión debida. He oído comentar a algunos terráqueos, que eso puede obedecer a la influencia de un amigo, un tal Alzheimer. Extrañado, puesto que no tengo ningún conocido con ese o parecido nombre, he realizado las correspondientes investigaciones, y ya estoy en condiciones de afirmar que, efectivamente, pudiera ser un proceso similar, si bien no en el fondo, si al menos en las consecuencias. El mencionado Alzheimer, a resultado ser no un amigo, sino una patología típicamente terrestre, además del apellido de uno de sus descubridores, quizás de ahí la confusión de los nativos, y que, para no extenderme en exceso, consiste en una degeneración neuronal, que ocasiona trastornos del comportamiento, y disminución de las capacidades intelectuales, notoriamente la pérdida de memoria, punto clave, al que quería llegar con esta disquisición, como a continuación explico.

Resulta obvio que nuestro material genético, radicalmente distinto al humano, no puede ser, en principio, afectado por las enfermedades que a estos aquejan. Descartado, por tanto, ese punto como origen de las interferencias que sufre mi recuerdo, dicho en términos terrícolas, sólo cabe pensar en algún funcionamiento defectuoso en la pila de memoria auxiliar, que se me implantó al comienzo de mi misión.

El oportuno informe fue cursado a la Comandancia de la Segunda Flota de la Federación Intergaláctica (COMSEGFLOTFEDINTER) por el canal habitual, sin que haya recibido, hasta la fecha, ni tan siquiera acuse de recibo. Sirva lo anteriormente expuesto para justificar que, si en algún lugar, dónde dije digo, luego dijera, o dijese, Diego, la explicación se halla en la pila de memoria auxiliar, o como dicen por estos mundos, las quejas al maestro armero.

 

Aterricé, totalmente desnudo, esto es un asunto a mejorar en subsiguientes revisiones del protocolo, en el año 218 AC, si bien en la numeración de la época, romana, le correspondía otro, pero no lo recuerdo (me remito al párrafo anterior), en el lugar llamado Emporión, lo que siglos después sería conocido como Ampurias. Otro detalle de indudable importancia, aunque únicamente por medio de una importante labor de inteligencia hubiera podido prevenirse, es el hecho de aterrizar justo en medio de una batalla campal, lo cual tuvo una evidente trascendencia en el devenir de mis primeros siglos en este planeta Tierra (por fluidez narrativa, y también por los motivos expresados anteriormente, a propósito de mi pila de memoria auxiliar1, voy a expresar los intervalos temporales en medidas terrestres, una tabla de conversión a medidas intergalácticas podrá encontrarse al final de este informe, si me acuerdo. En caso contrario, puede usarse cualquier sistema integrado de procesamiento de información (SISINTEGPROCINFO), es decir un ordenador, pc o chino, que también así se les conoce por estos lares, y que, prosigo, contiene esas, y muchas otras, tablas integradas).

 

Por fortuna, el largo, tedioso, fustrante, represivo, castrante, inútil y alienante período de mi formación en la Academia de Armas y Sistemas de la Flota de la Federación Intergaláctica, (ACADARSISFLOFEDINGALAC), que tan agradable recuerdo me evoca, cátedra magna y ejemplo vibrante de las más altas virtudes castrenses, templo de la lealtad artificiosa, el rigor sádico, la sumisión intelectual y la obediencia indubitada a la cadena de mando, crisol en el que se formaron generaciones enteras de mis, siempre estimadísimos, oficiales superiores, produjo en mi el efecto de una vacuna, tornándome un tipo rebelde, vago, disoluto, enfebrecido catador de cualquier clase de sustancia psicotrópica, con especial énfasis en el etanol y derivados, así como con una acentuada tendencia a improvisar y pensar, e incluso obrar, por mi cuenta. No sé si esto guardará alguna relación con el hecho de que, después de ascender a capitán en el último lugar de mi promoción, en lugar de asignarme el mando de un navío, como me correspondía por mi rango, me enviaran a esta misión, en un planeta tan lejano, y alejado de cualquier ruta comercial o militar, y, por ende, de los intereses estratégicos de la Federación Intergaláctica2.

 

De saberlo, no dudaría en enviar a mi benefactor, quién fuera que me destinase a esta misión, un surtido de excelencias de la Tierra, un buen jamón ibérico, maravillosos vinos y cavas, una paellita valenciana, unas fabes con almejes, unos centollos galegos, un … un sincero agradecimiento por tan feliz destierro.

Pues bien, retomando la historia, no tarde en darme cuenta de la extrañeza que mi cuerpo desnudo provocaba en los nativos, a lo que, seguramente, contribuyó la generosa desproporción de los atributos sexuales con los que se me equipó (este error en el protocolo de conversión a terrestre, no puede menos que calificarse de afortunado, y, habida cuenta de la entusiasta aceptación que he experimentado por parte de las hembras humanas, debe, sin duda, mantenerse en el futuro). Como ya dije, mi desembarco se produjo en medio de una feroz batalla, más feroz, a juzgar por los improperios y gritos guturales con los que se atacaban los contendientes, que batalla, en si misma, pero que, a pesar de esto, y para que se considerara como tal, dejó algunos víctimas sobre las arenas, seguramente de muerte natural, provocada por la tensión, los sustos, alguna caída desafortunada, y, quizás, algún que otro mamporro. El caso es que encontré la forma de proveerme de algunos ropajes, incluido un bonito casco, coronado por un magnífico penacho de pelo rojo, que igual sirve para lucirlo en una conmemoración, como para lustrar unas botas desaseadas.

 

 

Tal tino tuve, y buen gusto, aunque mi modestia me impida decirlo, en la elección de mis ropajes, que, sin conocimiento previo de la uniformidad de aquellas gentes, resultó que estos eran los propios de un centurión3 de la Legio4 X, y como tal comenzaron a tratarme. También es de agradecer, y así lo declaro, que soy tan honesto en la crítica como reconocedor de lo bien hecho, el gran funcionamiento de la Unidad de Traducción Simultánea Universal de Ciclo Continuo (UNITRADSIMUVCICLOCONT) con que fui equipado, y que me ha permitido, sin un fallo hasta la fecha, la comunicación con cuantos pueblos he encontrado en mi camino, fueren estos lagarterianos, latinos, andromedianos e, incluso, andropequeños.

Adopté el nombre de Decimus, en honor a la Legio X que tan inopinada y generosamente me acogió, y, así mismo, en homenaje a su displicente comportamiento en el combate, y su filosofía vital, compartida, al punto que tenía, y yo adopté, como lema “Bacus ducit” (Baco nos conduce).

 

Los primeros años de mi nueva vida como legionario transcurrieron en la plácida tarea de consolidar las posiciones conquistadas por la Legio X, y que, básicamente, formaban un arco defensivo sobre la playa de Emporión, apoyado en los extremos sobre dos puntos estratégicos, al Sur, la taberna de Vivaerbetismanquepierda y al Norte, la casa de Dekarakarísima, lupanar de justificada reputación, buena o mala depende tan solo de cuan pródigo fuera el visitante. En esto, y en interceptar los convoyes de aprovisionamiento que, con destino a un tal Aníbal, transitaban por las inmediaciones. Nada difícil, teniendo en cuenta los puntos neurálgicos de nuestro arco defensivo. Después de un largo viaje, desde las áridas tierras del norte de África, aquellos convoyes se dejaban enredar con facilidad, entre la taberna y la afamada casa, y en estos menesteres gastaban todo cuanto traían, para mayor beneficio de la economía local. De estas fechas data el primer zoológico hispano, formado por una grandiosa manada de elefantes.

Las inmensas ventajas de tales tácticas militares, sin provocar más bajas que las debidas a los imperativos de la edad, algún accidente y una cierta incidencia de la cirrosis entre la tropa5, serán objeto de otro informe detallado, con vistas a su posible adopción dentro del Manual de Procedimientos Operativos Básicos de la Flota de la Federación Interestelar (MANPROCOPEBASFLOTFEDINTER).

 

1Para evitar repeticiones innecesarias del concepto, a partir de ahora me referiré a él como FUMAX (Fallo Unidad Memoria Auxiliar)

 

2También para evitar innecesarias repeticiones, me referiré a la Federación, a partir de aquí, como FINTERGALAC

3Grado militar equivalente a un comandante o teniente coronel en nuestra flota. Hasta tan lejos he tenido que llegar para que se reconozcan mis cualidades.

4En general, milicia, ejército, en particular, unidad independiente y autosuficiente, similar a una de nuestras brigadas.

5Para evitar, en lo sucesivo, la explicación de cada uno de los términos terrestres, se adjuntará, al final un diccionario, si me acuerdo, en caso contrario, será suficiente cualquier  SISINTEGPROCINFO .